
Revista nº 17
APRESENTAÇÃO
mural
DEBATE
BLOCOS ECONÔMICOS: DILEMAS DA GLOBALIZAÇÃO CaPITALISTA
A dialética da guerra interimperialista
Jason T. Borba
Otra Alca no es posible
Eddy E. Jiménez
La defensa de la educación pública
Hugo Aboites
A Alca é muito mais que um acordo comercial
Entrevista com Luis Bassegio
Alca, Base de Alcântara e a soberania nacional
DOCUMENTOS
Textos oficiais sobre a questão da Alca
INTERNACIONAL
Os EUA estão prontos para a guerra contra o Iraque
Erson Martins
MEMÓRIA
Invasão da PUC 25 anos
PESQUISA
Porandubas, um jornal universitário
Jorge Claudio Ribeiro
Olhar euclidiano sobre Belo Monte e Conselheiro
Pedro Lima Vasconcellos
poema
América Insurrecta
Pablo Neruda
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Blocos econômicos: dilemas da globalização capitalista
Otra Alca no es posible
Eddy E. Jiménez
Tras los sucesos del 11 de septiembre, el gobierno de George W. Bush logró alcanzar en lo interno el apoyo político necesario para acelerar la constitución del Área de Libre Comercio de las Américas (Alca); así, el Congreso de Estados Unidos aprobó el fast-track, o vía rápida, con el que dotó al Ejecutivo del poder necesario para llegar a acuerdos con otras naciones sin necesidad de someterlos previamente a la aprobación del Poder Legislativo.
Pudiera pensarse que ante la inmediatez de tal peligro, proporcionalmente también ha crecido la lucha contra los acuerdos que al respecto se negocian entre la administración norteamericana y los gobernantes de los países latinoamericanos, a espaldas de sus pueblos.
Aunque resulta cierto que algunos sectores progresistas del continente se han percatado de la necesidad de intensificar y profundizar la batalla contra el Alca, también es real que otros parecen sorprendidos ante la celeridad con que se precipitan los acontecimientos, mientras que tampoco faltan los que demuestran su verdadera esencia oportunista, al acercar sus posiciones hacia la contemporización.
En varias ocasiones he oído expresiones como esta en boca de personajes que aún son considerados como revolucionarios por buena parte de la población americana: Otra Alca es posible.
Dicho de esa forma, pudiera pensarse que se reclama a los gobernantes latinoamericanos posiciones firmes en los actos negociadores, pues una fuerte postura durante las discusiones previas es el camino que los revolucionarios deben asumir, para alcanzar un provechoso acuerdo.
Esa línea diversionista tiende a hacer olvidar a algunos sectores del continente, que aunque honestos no se caracterizan por poseer una alta politización, que de lo que se trata es de luchar contra un nuevo intento de anexión por parte de Estados Unidos y no de negociar la forma en que se produciría esa anexión.
El combate que los latinoamericanos libramos hoy contra el Alca forma parte de las batallas que libraron nuestros próceres para poder alcanzar una verdadera independencia, tras poner fin a la dominación ibérica en cada uno de nuestros países.
Si algo hay que reconocer en los fundadores de los Estados Unidos de Norteamérica es que desde los primeros años de la independencia de las trece colonias, demostraron poseer una clara visión imperial y una fría e inhumana vocación para ejecutarla.
Ya desde 1823 el entonces secretario de Estado de los Estados Unidos, James Monroe, dio a conocer la línea que hasta hoy ha seguido la política norteamericana hacia el resto del continente y hacia el resto del mundo con relación a éste: América para los americanos (entiéndase para los norteamericanos), es la esencia de la Doctrina Monroe.
Los entonces gobernantes estadounidenses dejaban claramente establecido, desde fecha tan lejana, que todo el continente lo consideraban como suyo y no permitirían que ninguna otra potencia le disputara ese espacio.
Cuba fue uno de los primeros países en conocer esa pérfida política estadounidense cuando en 1825, en el Congreso de Panamá, Estados Unidos logró suprimir del temario la cuestión de la independencia de Cuba, asunto que había sido introducido por Simón Bolívar.
Esa política del gobierno de los Estados Unidos, destinada a entorpecer la independencia cubana en espera de que España no pudiera mantener sus dominios en América y estos pasaran al poder del naciente imperio norteamericano (Política de la Fruta Madura, como cínicamente fue bautizada, en alusión a que toda fruta al madurar cae), retrasó durante más de 70 años la independencia cubana, que no fue alcanzada hasta 1902 y sólo en forma mediatizada, obligó a que fuera esta pequeña Isla la colonia española en América que más tuviera que luchar por su libertad, lo que costó la vida a cientos de miles de nuestros hijos, y permitió que la mayoría de los dominios coloniales hispanos (Guam, Filipinas y Puerto Rico) pasaran a manos del nuevo propietario norteamericano.
Esos fueron los albores del panamericanismo, como contraposición al latinoamericanismo propugnado por Simón Bolívar, en busca de constituir una sola nación lo suficientemente fuerte como para salvarse de los apetitos de su vecino norteño y de garantizar no volver a ser colonia europea.
Los Estados Unidos parecen destinados por la providencia para plagar la América de miseria a nombre de la libertad, proclamaba Bolívar en fecha tan lejana como 5 de agosto de 1829, desde la ciudad ecuatoriana de Guayaquil. Bien conocía el Libertador de la demagogia de los gobernantes estadounidenses.
El panamericanismo, sustentado ideológicamente por la Doctrina Monroe, resulta el antecedente más lejano del Alca, que hoy se trata de imponer a nuestros pueblos con la complicidad de la gran burguesía de cada uno de los países (que dejaron ya de ser burguesías nacionales) y los gobernantes entreguistas y corruptos.
Resulta una realidad histórica que los Estados Unidos de Norteamérica nacieron como imperialismo a cuenta de Latinoamérica y de los indígenas que habitaban al oeste de la entonces joven nación. Basta recordar no sólo los casos de Cuba y Puerto Rico, frutas que sólo caen en su poder en 1898, sino también el robo de más de la mitad del territorio mexicano y la delicadamente llamada colonización interna, que básicamente se encontraba concluida en 1880, y que facilitaron que ya para esa fecha estuviesen conformados los grandes trusts del acero, los ferrocarriles, el petróleo y los bancos.
Con sólo citar los anteriores ejemplos queda claro que la anexión, en todas sus formas y en el sentido más amplio, siempre ha sido la guía política de los gobernantes estadounidenses.
Conceptos que hoy aparecen como novedosos en realidad sólo han cambiado en cuanto a su terminología, pero sus esencias se mantienen incólumes.
Por ejemplo, hace ya más de 120 años, en 1881, el entonces secretario de Estado de los Estados Unidos, James Blaine, propuso a los demás países del continente la adopción de una moneda común. Es ese un digno antecedente de los que hoy esgrimen la necesidad de la dolarización.
Años después, en 1888, el Congreso estadounidense autorizó al presidente Cleveland (versión antigua del fast-track), para convocar a una conferencia destinada a fomentar la unión aduanera y asegurar mercados más extensos
En una crónica publicada por el diario argentino La Nación, el 29 de diciembre de 1889, bajo el título Congreso Internacional de Washington, José Martí enjuiciaría así a esa Conferencia Internacional Americana: Jamás hubo en América, de la independencia acá, asunto que requiera más sensatez, ni obligue a más vigilancia, ni pida examen más claro y minucioso, que el convite que los Estados Unidos potentes, repletos de productos invendibles, y determinados a extender sus dominios en América, hacen a las naciones americanas de menos poder...
Resulta asombroso como, a más de ciento diez años de ser escritas, esas ideas martianas conservan su total vigencia a la hora de analizar hoy el Área de Libre Comercio de las Américas.
Más adelante afirmaba José Martí en el citado trabajo: De la tiranía de España supo salvarse la América española; y ahora, después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia.
En primera instancia, las luchas de nuestros pueblos iberoamericanos durante el pasado siglo, las contradicciones interimperialistas que dieron lugar a dos guerras mundiales, y un largo período de Guerra Fría, tras el surgimiento de campo socialista, lo que obligó a Estados Unidos a algunas concesiones como consecuencia del ascenso del movimiento revolucionario, impidieron al poderoso vecino norteño concretar sus sueños anexionistas.
No por gusto coloco en primera instancia la lucha de nuestros pueblos como valladar que evitó la anexión durante el siglo 20.
A aquellas personas que hoy desconfían de nuestras fuerzas habría que recordarles que desde la Revolución Mexicana, con el consiguiente fortalecimiento del nacionalismo y el antiimperialismo en Latinoamérica, hasta el triunfo de la Revolución Cubana y el influjo del movimiento revolucionario que ella ejerció en todo el continente durante las décadas del sesenta y setenta (y que aún se mantiene aunque de forma diferente), pasando por la lucha de Augusto César Sandino contra la invasión norteamericana a Nicaragua, o la Revolución Boliviana en los años cincuenta, e incluso los movimientos populistas (sobre todo en el Cono Sur), que sin dudas contaron con apoyo popular y de sectores de la mediana y gran burguesías, por sólo citar algunos ejemplos, fueron consecuencias de las luchas de nuestros padres y abuelos
Lamentablemente esas luchas frenaron los apetitos imperialistas, pero no consiguieron el objetivo final con el que soñó Martí: lograr la segunda independencia de Nuestra América.
Siempre, desde el inicio del proceso colonizador, las divisiones sembradas en nuestros pueblos por las grandes potencias jugaron un papel primordial para evitar la unidad latinoamericana.
Cientos de actos intervencionistas, decenas de ellos de índole militar que han costado la vida a miles de latinoamericanos, han sido ejecutados por Estados Unidos con la complicidad de gobiernos del área, sin contar las guerras entre países o los conflictos bélicos internos provocados por la política estadounidense. Todos y cada uno de esos actos son antecedentes del Alca, porque formaron parte de la Doctrina Monroe, porque formaron parte de esa histórica política de sometimiento y anexión.
De la misma forma, esa estrategia anexionista no sólo hay que buscarla en los claros e innegables actos intervencionistas, sino también en las aparentes políticas amistosas.
Tras el Buen Vecino se escondió la necesidad estadounidense del apoyo latinoamericano en su política hacia Europa y la posterior participación en la Segunda Guerra Mundial. La creación, con la aparente fachada de la unidad americana, de la Organización de Estados Americanos y la firma del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, sirvió a los intereses de la recién iniciada Guerra Fría; en aquellos años, a nombre de la lucha contra el comunismo, los gobiernos estadounidenses sembraron a Latinoamérica de dictaduras militares para ahogar cualquier movimiento progresista. La Alianza para el Progreso o la Iniciativa para la Cuenca del Caribe, fueron los instrumentos utilizados para repartir migajas que compraran conciencias y desviaran la atención del proceso libertador que podía desarrollarse bajo el influjo de la Revolución Cubana.
En síntesis. Roosevelt, Truman, Kennedy, Reagan, Bush (padre o hijo), demócratas o republicanos, siempre han mantenido hacia Latinoamérica un mismo fin estratégico: la anexión.
Los monopolios se frotan las manos ante la creación de un mercado de 800 millones de personas, que si hoy quedara formado detentaría el 40 por ciento del producto interno bruto (PIB) del mundo, sólo que de ese PIB regional ya el 78 por ciento corresponde a Estados Unidos y Canadá, mientras que el 22 restante pertenece a los otros 32 países que compondrían el Alca.
Esas cifras, de por sí, lo dicen todo. ¿A quién puede beneficiar un mercado donde dos países producen el 78 por ciento de las riquezas mientras que los otros treinta y dos sólo crean el 22%? ¿Quién sería el dueño de ese mercado? ¿Quién sería el gran beneficiado?
Habrá libertad de comercio y de capitales; todos, en el papel, tendrán las mismas oportunidades de beneficiarse. Cuando los pequeños comerciantes, campesinos o empresarios queden arruinados la gran prensa callará que les fue imposible competir con los grandes monopolios; de ellos se dirá que les faltó espíritu emprendedor.
Para esa área de libre comercio, todo será mercancía menos la mano de obra: dinero y productos podrán moverse con sólo tocar las teclas de un computador; los seres humanos, con sus privaciones y miserias terminarán reconociendo a sus países como gethos.
En un área de negocios tan prometedora será un pecado reconocer la presencia de personas: sólo existirán empresarios y consumidores. ¿En esa lógica despiadada qué será de los que no consumen? ¿Qué será de esa mayoría que cada día tiende a crecer y que para magnates, políticos y tecnócratas sólo cuenta en términos estadísticos?
Entre las ventajas que conllevará la implantación del Alca y que inmediatamente serán festejadas se relatarán: el abaratamiento de los costos de producción de las transnacionales, lo que se reflejará en los precios de los productos; desde luego, poco o nada se dirá de la mano de obra barata que permitió bajar los precios a los que tienen acceso al consumo.
Se cantarán loas porque en las maquiladoras han encontrado empleo algunos miles de mujeres. Las humillantes declaraciones de los gerentes que plantean preferir operarias porque son más sumisas y las jornadas de doce y catorce horas que tienen que cumplir éstas para poder mantener a sus hijos, sólo serán temas denunciados por pequeñas publicaciones progresistas.
Posiblemente, si ese engendro se llegara a implantar, Estados Unidos podría presentar en algunos años como un logro, ante los organismos internacionales y la opinión pública mundial, una mejoría de las condiciones medioambientales en su territorio. Las grandes plantas contaminantes y los basureros de desechos tóxicos serán trasladados hacia Latinoamérica y El Caribe y contra nosotros se alzarán las voces airadas de los ecologistas del Primer Mundo, que nos tildarán de irresponsables.
Del desempleo y la precariedad laboral se hablará tanto al Norte como al Sur. En esta tercera revolución científico-técnica que ya nadie hoy duda tiene lugar, se precisan cada día menos obreros. No obstante, desde subsidiar al desempleado hasta reducir la jornada laboral son métodos que pueden ser aplicados para paliar el mal en los países ricos. A los países subdesarrollados esas medidas nos están prohibidas: Así serán menos competitivos, de dónde van a sacar el dinero, despilfarrando no podrán pagar la deuda externa, nos vociferarían inmediatamente el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.
El Alca facilitará a los grandes monopolios norteamericanos comprar lo que aún queda por privatizar al sur de sus fronteras. Con papeles verdes, impresos por ellos, podrán adquirir todas las riquezas: desde el agua hasta la floresta. Para Latinoamérica quedará, como propiedad, sólo la miseria.
Tras el fin del modelo socialista del Este de Europa, con el consiguiente surgimiento de un mundo unipolar dirigido por Estados Unidos, la clase dirigente de ese país cree llegado el momento de aplicar el método de anexión que se corresponde a este período neoliberal.
Según las cuentas de los magnates del Norte, en América Latina la resistencia sería débil: Los partidos de izquierda tradicionales continúan sumidos en la crisis a la que fueron llevados tras decenios en que sus ojos estuvieron puestos en Europa y sus líneas de trabajo fueron diseñadas con cerebros importados, fundamentalmente del primer mundo. El movimiento revolucionario y progresista, aunque numeroso, se encuentra tremendamente dividido y marcado por síndromes sectoriales. Las grandes burguesías nacionales han aplicado el viejo refrán que reza del lobo un pelo y decidieron viajar en el aeróstato de la globalización.
¿Quiénes podrán oponerse a los designios estadounidenses?
Sin dudas, todas las cuentas ya han sido sacadas y para ellos este es el mejor momento. En medio de la euforia y pletóricos del menosprecio que siempre han sentido hacia Latinoamérica sólo han olvidado un factor: el pueblo.
En el plebiscito popular efectuado en Brasil entre el 1 y el 7 de septiembre, más de diez millones de personas se pronunciaron contra el Alca.
¿Será que cuando apenas faltan unos meses para el 150 aniversario del natalicio de José Martí (28 de enero del 2003) los hombres y mujeres del Continente cumplen su mandato?:
¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes. En ese mismo artículo, titulado Nuestra América (30 de enero de 1891), también advertía: El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe... Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad.
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